Guanajuato, Gto., 12 de diciembre de 2024 – La sala del Centro de Prevención y Reinserción Social de Guanajuato se llenó de lágrimas y sonrisas en un día marcado por la esperanza y la reconciliación. Luis, un hombre privado de su libertad con una condena de más de 200 años, volvió a abrazar a su madre, Dora, tras cinco años de separación, en un encuentro que resonó como un milagro navideño.
Desde 2019, Luis había pedido con anhelo la posibilidad de ver a su madre, también privada de su libertad con una condena de 62 años. Sin embargo, los obstáculos administrativos y legales mantuvieron separados a madre e hijo. Todo cambió cuando Luis, con fe inquebrantable, expresó su deseo al director general del Sistema Penitenciario del Estado de Guanajuato, Julio César Pérez Ramírez. “¿Y sí existirán los milagros?”, preguntó el director. “Sí, tienen que existir”, respondió Luis con firmeza.
Gracias al compromiso de las autoridades estatales, el sueño de este hombre se hizo realidad. Bajo la supervisión del director y con el apoyo de la gobernadora Libia Dennise García Muñoz Ledo y el titular de la Secretaría de Seguridad y Paz, Juan Mauro González Martínez, se organizó el reencuentro en un ambiente cargado de simbolismo: un árbol de Navidad y un nacimiento iluminado acompañaron el momento.
En medio de este escenario, Luis, vestido con su uniforme naranja, vio a su madre después de años de distancia. Al cruzar miradas, el abrazo que siguió fue un acto de profunda humanidad. “Te amo con todo mi corazón”, susurró Luis mientras acariciaba el rostro de Dora, quien, entre lágrimas, respondió: “Yo también”.
Luis aprovechó el momento para agradecer a las autoridades y custodios por hacerlo posible. Su gesto reflejó el impacto de las políticas penitenciarias que buscan humanizar la vida dentro de los centros de reclusión. Este enfoque, promovido por las autoridades estatales, busca no solo la reinserción social, sino también la dignificación de las personas privadas de su libertad.
Dora, emocionada, expresó su gratitud: “Estoy tan agradecida por estos momentos de felicidad que me dieron, que no tengo con qué pagarles. Les prometo que voy a seguir esforzándome y portándome bien, porque espero que no sea la última vez que vea a mi hijo”.
La historia de Luis y Dora no solo es un testimonio del poder del amor familiar, sino también una señal de que, incluso en circunstancias adversas, es posible construir puentes de esperanza y reconciliación. Este abrazo trasciende las paredes de un centro penitenciario, inspirando a otros a creer en los milagros que nacen de la fe, el esfuerzo y el compromiso con la humanidad.